“Pueden permitirse llorar frente a alguien, sin importar quién sea. Es momento de dejar de lado la masculinidad idealizada.”

Una vez me dijeron que un hombre no debía llorar. Que aquel hombre que llora es “una niñita”. Que un hombre de verdad no conoce lo que es ser consolado.

Aquella frase me marcó. Durante años me aferré a esa idea, exigiéndome reprimir lo que sentía por temor a la opinión de los demás.

Hasta que conocí una organización que me haría cambiar totalmente lo que pensaba. Fue algo muy inesperado, y pasó de una manera que nunca habría podido imaginar.

Esta es mi historia. Me llamo Juan Sebastián Orozco Martínez, un hombre que pudo expresarse.

Entré a Poderosas en el 2024, con 15 años. Siendo honesto, la razón por la cual entré no estaba ligada a la organización: en realidad quería acompañar a mi novia, Gabriela Paredes. Me preocupaba que, al regresar, tuviera que irse sola a casa, así que decidí hacer parte del taller para poder acompañarla.

Así comenzó mi aventura. Conocí a Cris, mi mentor, quien me recibió con mucha calidez. Aunque al principio no conocía a casi nadie, desde el inicio sentí que podía estar en confianza. Con el paso de los días empecé a hablar más con los demás. Fue una gran experiencia: hice muchos nuevos amigos, algo a lo que no estaba muy acostumbrado, ya que no suelo relacionarme con tantas personas.

En las sesiones hablaron sobre varios temas: orientación sexual, consentimiento, autocuidado, planificación en hombres y mujeres, responsabilidad afectiva, entre otros. Pero hubo un tema que me atrajo apenas lo escuché: “Más hombres que machos”.

En esa clase tan maravillosa me enseñaron algo fundamental: un hombre también puede ser sensible, cariñoso, puede decir lo que le hace sentir mal. PODEMOS LLORAR. No hacía falta que cargáramos todo solos.

La actividad que realizamos en esta clase fue lo que más me marcó de toda la experiencia. Nos sentamos en círculo y nos permitimos decir lo que sentíamos: un pensamiento, una molestia o incluso algo que llevábamos guardado desde hace mucho.

Ese día pude llorar sin sentirme mal por hacerlo. Todos en esa clase me escucharon y me abrazaron. Fue una gran sensación de alivio para mí.

Gracias a lo sucedido empecé a hablar más de lo que sentía. Aún tengo complicaciones, obvio, pero gracias al apoyo de mi familia y de mi pareja, hoy puedo comunicarme mucho mejor.

Tal vez lo que vaya a decir es muy personal, pero creo que es importante para que puedan entenderme. Este último año una ola de emociones ha llegado a mi vida: estoy pronto a graduarme y a comenzar una nueva etapa como adulto.

Sinceramente, tengo mucho miedo. A veces siento que no podré cumplir con lo que le prometí a mi madre. Siento que no me he esforzado lo suficiente para que esté orgullosa de mí. Tengo miedo de que, cuando llegue el momento, no haya podido alcanzar lo que tanto sueño hoy. No quiero decepcionar a nadie.

Por mucho tiempo creí que debía solucionar mis problemas solo y oculté ese sentimiento. Hasta que un día no pude aguantar más. Lloré y hablé con mi pareja sobre mis emociones. Ella me ayudó mucho, y luego hablamos con mi familia para buscar soluciones. La verdad, aún no me recupero, pero estoy pronto a empezar un proceso con un psicólogo.

Por esto, quiero enviar un mensaje a todos los hombres que me estén escuchando: no están solos. Pueden permitirse llorar frente a alguien, sin importar quién sea. Es momento de dejar de lado la masculinidad idealizada.

No deberíamos sufrir en silencio por temor al qué dirán. También podemos permitirnos ser vulnerables. Y les aseguro, con todo mi ser, que será lo mejor que podrán hacer para sanar aquello que tanto guardan.

Sobre todo: háganse ver lo invisible.

-Juan Sebastián, poderoso desde 2024.

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